lunes, septiembre 18

Lloveía

Tengo un jardín, nunca lo regué, pero estaba ahí.
Tiene flores, arbustos y árboles, de todos los colores, olores, sabores.
Tiene también recovecos, espacios recónditos, huecos.

Una vez encontré rosas rosas, o algo así, era rosa; nunca me aprendí los nombres
                                                                                                                       de las flores.
Olían rico y perfumaban todo alrededor, adormecían como un leve canto, casi se las oía susurrando.

Amaba, o algo así -un sentimiento fuerte, casi físico-, esa esquina, de mi jardín.
Un día lo pisé, todo, cada pétalo, cada hoja, y me quedé mirándolo hasta que se secó, íntegro. Entonces fumé, tiré la colilla, prendida, encendida. Ardió todo, lo prendí, al fuego. Y quemó, el fuego.

Tiene más lugares mi jardín, a veces los miro, pero nunca los vi. Hay otras flores, colores, olores, canciones. Todos los días, camino, por ahí.
No siempre quemo cosas.
A veces sí.
Lo que sí, no riego, nada. 
Soy la brisa que transita, que mueve las ramas y a veces, se lleva consigo, algunas hojas.

Me gusta la lluvia
cuando cae 
de abajo
             hacia arriba.

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